Reflexiones: EL CONOCIMIENTO EN TIEMPOS DE UNA PROFUSA INFORMACIÓN

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EL CONOCIMIENTO EN TIEMPOS DE UNA PROFUSA INFORMACION

En: www.pediatriarosario.org.ar > Sociedad de Pediatría Rosario

Oscar Bottasso

IDICER, UNR-CONICET

 

We dance round in a ring and suppose, but the secret sits in the middle and knows.

Robert Frost

 

Podemos coincidir con Thomas Hobbes que la ciencia es el conocimiento de las consecuencias y la dependencia de un hecho con otro, y por ende ir arrancándole respuestas a esa compleja naturaleza de la cual somos parte. A partir de aquel ideario fundacional de la modernidad surgió el imperativo de describir y explicar las enfermedades tan adecuadamente como fuera posible en aras de lograr algún beneficio. La aparición del “método científico” ha sido crítica en ese derrotero y sus desarrollos han aportado muchas herramientas para la mejora de la existencia humana. Es claro, sin embargo, que el descubrimiento de la verdad no es monolítico, y en diversas circunstancias los hechos dejan un agrio relativismo. El acto de barajar y dar de nuevo hace que finalmente las piezas se posicionen en un contexto coherente y cargado de significación.

Como un reaseguro de la labor investigativa, la comunidad científica funciona, por su parte, a través de una serie de prácticas establecidas entre las cuales merecen destacarse la revisión por pares, el contexto en el que se produce el hecho novedoso, y el mérito del estudio en base al modo y rigor conque fue conducido. Elementos propios de su ethos y que en definitiva buscan sopesar cabalmente los alcances del resultado publicado.

La investigación como proveedora de certezas y algunas incertidumbres es el mejor recurso que disponemos para arribar a proposiciones justificadas, validadas, y por lo tanto aceptables. Representan lo más meduloso para cada momento y si nos detenemos a considerar sus contribuciones, no caben dudas que han posibilitado avances sustanciales sobre los males que nos aquejan.

Trascendente como lo es, el tema demanda, asimismo, la existencia de un diálogo entre ciencia y la sociedad, suerte de bajada comunitaria, que en las últimas décadas se ha acrecentado a juzgar por el número creciente de publicaciones centradas en temas tales como el compromiso, el discernimiento y el crédito de la sociedad para con la ciencia. Las formas cada vez más elaboradas de los métodos aplicados están desfavoreciendo, sin embargo, esa correspondencia entre el desarrollo científico y la comprensión pública. En paralelo también se suma otro hecho notorio del tiempo actual, la plétora informativa.

Desde una visión entusiástica podría decirse que estamos en posesión de una amplia gama de conocimientos otrora reservados a una franja mucho más estrecha de mortales, en el supuesto caso que información guarde una relación directa y lineal con lo primero. Pero a poco de andar advertimos que la cuestión no se zanja fácilmente. Conocer requiere de una clasificación o decodificación de lo incorporado por parte del aparato cognitivo, procesado en función de saberes y categorías singulares, lo cual nos posibilitará forjar nuevas formas de nuestro propio entendimiento.

Es muy probable que en algún momento colisionemos con cuestiones arduas de enlazar; “entes” extraños a nuestra comprensión que imponen una sesuda elaboración y aprendizaje “ad hoc” para situarnos a la altura de las circunstancias. Aun así, en particulares situaciones y a pesar de los denodados intentos, continente y contenido desencajan, con las consiguientes limitaciones para comprender/interpretar cabalmente los hechos. Los más osados tratarán de acomodarlo en compartimentos mentales inapropiados, o simplemente no tomarán en cuenta ese dato. Quién no se ha topado, acaso, con personas que arropadas en sus propias encerronas persisten en la ilusión de haber descubierto la verdad.

Esta problemática información/conocimiento atraviesa igualmente al proceso de comunicación de los hallazgos científicos. La tarea de divulgar en torno a los alcances de tal o cual estudio y sus justas derivaciones requiere una particular experticia. En paralelo, la sociedad está traspasada por tantísimas interpretaciones mediáticas muchas de ellas formuladas a partir de hechos apartados de su entorno con una posibilidad sustantiva de distorsión. Ergo, una simplificación inferencial a partir de un objeto de estudio que ya de por sí viene recortado puede distanciarse ostensiblemente de la situación que se da en el contexto real.

En definitiva, de uno u otro modo, una información indebidamente asimilada nos pone en riesgo de “infoxicación”.

Desde el costado comunicativo, las estrategias para superar estas desventuras deberían apelar, cuanto menos, a tres elementos preventivos, por así decirlo: idoneidad, responsabilidad y la consiguiente prudencia. El norte es alcanzar un pensamiento crítico, que nos ponga a resguardo de esa disposición, a veces hasta precipitada, de otorgar crédito a simplificaciones de cuestionable valía.

Reiteradas veces hemos escuchado que la ilustración ha sido definitivamente derrotada y sólo albergamos recuerdos agridulces de tiempos en los que las certezas absolutas resultaban posibles. Tampoco faltan quienes se deleitan en el escepticismo, tildando de presuntuosidad a cualquier intento de afirmar algún concepto y consecuentemente convocar a la reflexión. En esos escenarios hasta pareciera que los problemas han perdido relevancia como entidades de derecho propio, y el interés se traslada hacia lo que resulta agradable o satisfactorio; recurriendo al recurso quasi pandémico de refugiarnos en la comunidad virtual “McWorld” poblada de un extenso repertorio de piezas infodémicas, y pasatiempos variopintos.

Lejos de procurar restarle el justo espacio a esa búsqueda de goces y esparcimientos, el problema surge cuando dicha práctica pasa constituir una suerte de escapismo hipertrofiado capaz de desplazar a un segundo plano los compromisos que debemos asumir, soltando amarras con la sociedad a la que pertenecemos y desentendiéndonos del trabajo conjunto en pos del bien común.

Atento al espacio que nos ocupa, la virtualidad también impone una consideración para nuestros colegas. Como depositario final de la investigación biomédica, el profesional de la salud de hoy sobrelleva otro trajín, a los tantos ya existentes: el de andar separando la paja del trigo, de identificar tierra firme entre mares embravecidos y hasta ponerse a argumentar con pacientes y familiares que ahora los interpelan con máximas proferidas por arrogadas pitonisas del oráculo informático.

A menos que alguien esté pensando en implantarnos chips de conocimientos aplicables, alguna acción de apoyatura deberá pues ser formulada. La comunicación es la base de la cultura, y si bien es cierto que el escenario del todo con todos amplía nuestra mirada, la complejidad de la realidad resulta difícil de abarcar puesto que el cerebro humano sigue siendo el mismo. Dentro de la gama de posibilidades se nos ocurre adiestrar a los profesionales en las estrategias y sitios disponibles para obtener datos confiables y sedimentados; como así también entrenarlos en la identificación de fortalezas y debilidades inherentes a cualquier investigación. Mirar, leer, pensar, discernir y finalmente vislumbrar se han vuelto imprescindibles como nunca antes.